Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de diciembre de 2010

Lo que empezó a quebrarse en 2001


Por Norberto Galasso*


Allá por los años sesenta, mi generación aprendió que si en los países coloniales la opresión se ejerce a través de la fuerza bélica, en cambio, en los países semicoloniales - cuya independencia es sólo formal- las ideas ocupan el lugar de los fusiles.
Así resulta que mientras, en los primeros, la mera presencia de un ejército de ocupación provoca el surgimiento de rebeldías nacionales, en los segundos, a través de los distintos mecanismos de difusión de la cultura, el orden dependiente queda enmascarado, de modo tal que resulta difícil desarrollar una conciencia nacional, de contenido antiimperialista.

Ello permite que el sistema se sobreviva no obstante que la mayoría de la sociedad resulta víctima de la explotación, y podría liberarse , ya fuese a través de las urnas o de la insurrección.

Por supuesto, ello sería posible si tuviese la convicción de que se halla sometida a un poder imperial, con él cual ha pactado la minoría oligárquica nativa.

Y además, por supuesto, que esa subordinación anula sus posibilidades de vida y desarrollo, es decir, si el vasallaje resultase tan a la vista como en aquellos países coloniales con presencia de ejércitos extranjeros de ocupación.

En los países semicoloniales, esa opresión externa es desconocida por amplios sectores de la sociedad, aún cuando son víctimas de la misma.

La dominación cultural les hace suponer que el orden instaurado - en lo político, económico, cultural, etc.- no obedece a una imposición sino que resulta solamente de las costumbres, idiosincracia, caracteres raciales y religiosos, influencias inmigratorias, etc. provenientes de la peculiar historia vivida.

Se trataría , desde esa mirada ingenua, de un orden natural - “tenemos los gobiernos que nos merecemos” - que ha sido dado de esa manera por propia responsabilidad del pueblo, ya sea a consecuencia de su abulia, su irresponsabilidad, su despilfarro, etc.

De tal manera, el orden semicolonial se legítima cotidianamente a través de las ideas que circulan en los periódicos, los libros, la televisión, la enseñanza en sus distintos niveles, el discurso de los políticos y los grandes intelectuales ,etc., convertidos en voceros del pensamiento de la clase dominante, capataza del Imperio.

Quizás resulte interesante hacer un recorrido por diversas áreas de esa superestructura cultural legitimadora de la dependencia, ésa a través de la cual se concreta, según Scalabrini Ortiz, “una sabia organización de la ignorancia acerca de la verdadera realidad nacional”.

En el orden filosófico, por ejemplo, se ha asistido en los últimos años a una preponderante influencia de ideas dirigidas a inculcar la resignación, el escepticismo, la impotencia. El posmodernismo educó en el sentido de que habían concluido las utopías, que las grandes gestas eran episodios de un pasado irrecuperable, que “la Historia”, en fin, había llegado a su término.

El mundo bipolar había desaparecido al desmoronarse la URSS y por tanto, también el Tercer Mundo había sido enviado al estercolero de la historia.

Sólo quedaba aplaudir al arrogante capitalismo en su etapa globalizadora y olvidarse de revoluciones, de antiimperialismos absurdos, de heroísmos y militancias trasnochadas.

A la mísera realidad sólo le cabía la respuesta ofrecida por editoriales que abrumaban las vidrieras de las librerías con material esotérico, por sectas religiosas capaces de exorcizar al diablo cuando en América Latina el único demonio es el imperialismo, por periodistas especializados en “experiencias celestes” y literatos peleados con la realidad, sólo capaces de navegar por recónditas honduras psicológicas. En definitiva, bajo distintas formas, resignarse a la esclavitud.

Este tipo de antídoto contra toda clase de rebeldías se acompañaba con un pesado velo sobre la realidad, ocultándola, a veces, o deformándola, en otros casos. Los efectos desgraciados de la dependencia no podían ocultarse, pero las causas quedaban sabiamente escondidas.

Esta dominación cultural opera, asimismo, en el campo de la Historia. Si enseñamos- en los colegios, en “los medios”, en los letreros de las calles y plazas, etc.- una historia donde los héroes son los amigos y socios del capital extranjero, gracias a cuya ayuda se han producido las épocas de esplendor y progreso, mientras que los gobiernos de los movimientos populares sólo han provocado catástrofes y decadencia, le estamos dando al opresor la mejor herramienta para que continúe esquilmándonos.

Jauretche enseñaba a este respecto que si lo autóctono es “barbarie y atraso”, y lo extranjero es “civilización y progreso”, “civilizar” se convierte en sinónimo de “extranjerizar”, de “desnacionalizar”, de borrar todo lo nuestro –costumbres, paisajes, músicas, y hasta personas- lo cual significa que para progresar debemos dejar de ser.

Del mismo modo, si los movimientos populares se caracterizan por la violencia mientras los gobiernos de las minorías son “democráticos”- para lo cual hay que esconder todos sus fusilamientos y degüellos - creamos las condiciones para que una buena parte del electorado no sólo crea en las bondades del libertinaje económico sino que vote a las “elites” inteligentes que son las custodias del orden conservador, y abomine de las experiencias populares.

Este “colonialismo mental” se reitera en las restantes áreas del conocimiento. En América Latina, por ejemplo, los ciudadanos cultos de las grandes ciudades son antirracistas y condenan –lo cual está bien- el antisemitismo y otras bárbaras discriminaciones-. Pero son estos mismos sectores sociales los que habitualmente manifiestan racismo contra sus compatriotas mestizos –bajo el calificativo despectivo de “negros”- considerándolos vagos, corruptos, ladinos, etc.

Si nuestros cuentos, poemas, leyendas, etc. – entrando al campo de la literatura- son de “segunda categoría” porque sus personajes, así como los autores, son también “de segunda”, es decir, si renegamos de nuestro propio canto y de nuestra propia fantasía, el escenario se cubre de letreros en idioma extranjero- como en nuestros cines y comercios céntricos- o en remeras con nombres exóticos que quien las usa no es capaz de traducir.

Es decir, en aquello que Manuel Ugarte denominaba - allá por 1927- , “el imperio del idioma invasor” (Es el mundo de los “delivery” y los “sale” imperando en las vidrieras actualmente).

Convertido -este escenario impuesto desde el exterior - en un paisaje natural y propio para los nativos, el capital imperialista puede llevarse la riqueza pues ya se ha llevado previamente el alma del país.

Otra vieja enseñanza (conferencia de Jauretche, 1937, teatro Politeama) explica que el planisferio que usamos, al tener óptica inglesa (Greenwich, meridiano cero, en Londres ) otorga a la Argentina un lugar abajo y a un costado, desde donde no se pueden trazar rutas de comunicación. Hoy Japón y Estados Unidos tienen planisferio propio, donde ellos se colocan en el centro del mundo.

No se trata de xenofobia ni nacionalismo delirante: simplemente son países soberanos, no sometidos a la vieja preponderancia inglesa. Quienes aún mantenemos el viejo planisferio – y nos “caemos” del mundo cuando queremos trazar rutas hacia el oeste y el sur - podemos cantar la canción a la bandera, pero seguimos siendo colonos mentalmente.

Carece de sentido abundar en aquello que forma parte de nuestra vida cotidiana: “es un gentleman”, “practica la puntualidad británica”, “hay que teñirse y si es posible, ponerse ojos celestes, porque así es la gente de primera”. Hace ya muchos años, un patriota revolucionario – John William Cook- acostumbraba a señalar que “el diccionario lo escribió la clase dominante”. Por eso, “la derecha” es diestra y en cambio, “la izquierda” es siniestra.” Pero no se puede terminar esta nota sin señalar que ese mundo ideológico se encuentra en pleno proceso de desmoronamiento. “Se ladeaba...se ladeaba...ya muy cerca del fangal...” como decía Discépolo. Y se muere irremisiblemente.

Las movilizaciones populares del 19 y 20 de diciembre del 2001 pusieron al desnudo que son muchos los argentinos que están de vuelta de estas fábulas.

Hay un mundo de ideas falsas, de instituciones mentirosas, de retóricas tramposas, de mitos y “zonceras” que forman parte de un pasado que está quedando definitivamente atrás.

Tengamos la certeza de que en los próximos años, los viejos mitos ya no existirán y el pueblo argentino podrá transitar victoriosamente su camino hacia una sociedad igualitaria, insertada en una América Latina unida y libre.

* Historiador.

viernes, 30 de octubre de 2009

80 años no son nada


Se cumplieron 80 años del Jueves Negro del 24 de octubre de 1929, cuando el estrepitoso derrumbe de la Bolsa de Nueva York dio inicio al Crack económico mundial y la Gran Depresión. Era la consecuencia de un mercado financiero sobrevalorado, en donde reinaba la especulación y había estallado en el centro de las finanzas del mundo. Parecía que una crisis de esa magnitud no se iba a volver producir en ese contexto, más teniendo en cuenta que la economía de EEUU es una gran aspiradora de dinero global, pero con un comportamiento especulativo, como en el 29, les hizo el año pasado estallar otra crisis en la cara.

Se dice que para algunos las crisis son oportunidades y otros las pagan con su vida. En el caso de la Argentina no fue causante de ninguna de ellas (ni en 1929 o la de 2008), pero sufrió sus consecuencias aunque lo importante de todo esto es como se encuentra la salida.

En 1929 la crisis se desarrolló en el gobierno de Hipólito Yrigoyen y la consecuencia inmediata fue el cierre de los mercados mundiales y el certificado de defunción del “Granero del Mundo”, que solo había creado un país para pocos. Era la imagen de un país dependiente pensado para satisfacer las demandas externas que no pudo asimilar el golpe. La consecuente crisis política se llevó puesto al “Peludo” y las fuerzas conservadoras llevaron al poder, por intermedio de un golpe de Estado, al General Félix Uriburu y luego tuvo lugar la parodia democrática del “fraude patriótico” con Justo, Ortiz y Castillo.

Estos, aunque conservadores y liberales, tuvieron que fortalecer al Estado para poder sobrevivir a un mercado mundial cerrado por la quiebra del sistema multilateral de comercio y pagos. Así se empezó a consolidar un proceso de industrialización que se consolidó con la Segunda Guerra Mundial. La llegada de Perón al poder posibilitó que la Argentina no pagara los platos rotos de la contienda y que el proceso productivo siguiera su curso apoyado por un Estado fuerte, con vocación nacional y abierto a todos los sectores, especialmente a los populares que no habían sido participes del que se gestó a partir del 30.

Cuando estalló la crisis inmobiliaria y bancaria en Estados Unidos el año pasado, el país estaba mejor parado para soportar lo que se iba a venir. La consolidación del mercado interno, el crecimiento de la economía, las reservas, el superávit fiscal y la recuperación de la industria fueron la ayuda para atenuar el aluvión que se venía a nivel mundial. La reestatización de los fondos de las AFJP marcó el camino donde se apostó a tratar de conservar los puestos de trabajo de miles de argentinos.

Aunque despacito se va llegando a los niveles de productividad de antes de la crisis, para aprovechar la oportunidad hay que seguir profundizando el modelo de inclusión para llevarlo a los niveles de equidad del primer lustro de la década del 50. La clave está en la distribución de la riqueza y para eso son indispensables medidas como una ley de entidades financieras, crear políticas estatales para evitar la fuga de capitales y la evasión impositiva, cambiar los estatutos del Banco Central y consolidar los organismos de control del Estado.

Es decir que el trabajo y el ahorro de todos los argentinos se queden aquí. La empresa no es fácil, pero en este momento se cuenta con una Latinoamérica que está despertando de su letargo. Tener una moneda común y un banco sudamericano es fundamental para no depender del financiamiento del Primer Mundo.

Como dijo Hernán Arbizu en Zoom, si se hace un seguimiento a los movimientos financieros de muchos grandes contribuyentes se puede tener una punta de si incurren en evasión y fugas de capitales. Y estas cuestiones pendientes pueden hacer que Argentina aproveche mejor está crisis y la transforme en oportunidad de crecimiento.

Por Roberto Koira para este Blog.

lunes, 9 de febrero de 2009

Por qué tenemos que vivir como los otros dicen


-->
Hace poco un conductor de radio devenido a opinólogo (y con mucho combustible espiritual) explicaba que pretendía para la Argentina una democracia a la europea y luego se perdía en innumerables lugares comunes que se escuchan habitualmente en los medios masivos de comunicación. Entonces surgió una pregunta: ¿Por qué hay que imitar modelos de país que no fueron pensados para este? Y una respuesta: Para que queremos una democracia a la europea sino no somos europeos. A veces cansa que tantos comunicadores sociales busquen los ejemplos de la Argentina para fuera.
Hay que empezar a vernos en nuestro propio reflejo y dejar de comprar los espejitos de colores que nos venden desde hace 500 años. Es que crecer significa tomar nuestras propias decisiones sin importarnos lo que digan los demás. Y no es filosofía barata, sino una forma de vivir la vida, ya que las personas adquieren su seguridad cuando son ellos mismos sin condicionamientos.
Nadie tiene la verdadera medida de las cosas y es mucho más sano utilizar nuestra propia vara. Si el peronismo es considerado “maldito” por las altas esferas, es que este no puede ser comprendido ni por un europeo, ni por un norteamericano y esto es por una razón fundamental: se trata de un real producto “argentino” para los argentinos.
Por eso hay que dejar de pedir permiso al mundo para lograr nuestros objetivos. Los “países centrales” no son la medida de lo bueno o lo malo, y en algún caso será para que ellos resuelvan sus problemas a su modo. Esto también significa que hay que sacarse ese complejo de inferioridad que tienen muchos latinoamericanos y mirar al “primer mundo” de igual a igual, es decir con otra actitud. Es tanta la idealización que nunca se les encuentra un defecto y acá muchos de los turistas, de los llamados del primer mundo, tienen un olor que certifica que no son muy “adictos” al baño diario. Seremos sudacas pero limpitos.
En Argentina existe el lugar común de decir que somos muy abiertos con los extranjeros, a esto habría que agregarle una salvedad: con los extranjeros blancos y no con todos los argentinos. Y vale un ejemplo: cuando sube una chica “morocha” al colectivo con un bebé la mayoría mira para otro lado y no le cede el asiento que le corresponde. En parte esto se debe a que muchos compatriotas se dicen “gringos” y es como si recién se hubieran bajado del barco que los trajo de Europa. Por eso pareciera que no pertenecen a este país y desprecian a todo lo que huela a latinoamericano. O ¿serán ellos sus propios abuelos que tomaron un tónico para la eterna juventud? Estaría bueno ver a esos “gringos” con pasaporte argentino tratando de entrar a la actual Europa xenófoba, a ver como les va en la “madre patria”.
Por eso si Europa cierra la frontera a los inmigrantes no nos tendría que importar, Latinoamérica no les debe nada y al contrario fueron ellos los que se cansaron de rapiñar los recursos de acá desde la época de la conquista.
En esta idealización de lo extranjero hasta caen los progresistas, ya que muchos despotrican contra los “países centrales” y después se la pasan hablando de cuando alguna vez fueron al “primer mundo”.
Así que dejemos de ser los idiotas “útiles” y serviles de los gringos extranjeros, si después ni siquiera te van a reconocer el favor. Lo único que sirve es mirar para Sudamérica, que son nuestros verdaderos hermanos porque sufren (y sufrieron) lo mismo que nosotros.
Además como dice una canción: “por qué tenemos que vivir como los otros dicen”.

Por Roberto Koira para este Blog.